Seguimos trayendo haitianos

 

¿Cómo es posible que a estas alturas continúe la importación con apoyo oficial de cortadores de caña quienes, una vez en el país, pueden optar por irse a trabajar a cualquier lugar?

 

Por Bernardo Vega / El Caribe

 

La semana antes pasada pronuncié sendas conferencias en Washington y Nueva York y allí vi por Univisión un amplio reportaje sobre la salida del padre Ruquoy, incluyendo su cuestionamiento ante decenas de periodistas por parte de nuestro Secretario de Interior y Policía.´


Desde la campaña de Trujillo contra la iglesia de 1960-61 el país no había recibido mala publicidad internacional vinculada a presiones contra sacerdotes católicos. En aquella ocasión las víctimas fueron Panal y Reilly.

 
 
Ahora el principal pecado cometido por Ruquoy y Hartley, también extranjeros, es haber denunciado lo que todos los dominicanos sabemos que ocurre, pero que no queremos admitir:  que la Dirección General de Migración, con el apoyo de nuestras Fuerzas Armadas y de la Secretaría de Trabajo, todavía autorizan la importación de haitianos para que corten caña, precisamente en un momento en que todos los dominicanos nos quejamos ante la presencia excesiva de éstos.


¿Cómo es posible que a estas alturas continúe la importación con apoyo oficial de cortadores quienes, una vez en el país, pueden optar por irse a trabajar a cualquier lugar?  En el pasado, cuando existía una dictadura en nuestro país y los guardacampestres impedían físicamente que un haitiano pudiese abandonar el batey, la repatriación de los cortadores era viable, pero hoy día es imposible. 
 
El presidente Fernández aumentaría su popularidad si anunciase la prohibición de importación de braceros, al tiempo que exhortara a los colonos, dueños y administradores de ingenios a buscarlos dentro de los miles de haitianos que ya están en el país.

 
 
Eso no lo hacen porque saldría más caro.  Por eso prefieren pagar barato a los haitianos que residiendo en su país aceptan sueldos y condiciones que sus conciudadanos ya entre nosotros rechazan.


Otro pecado de ambos sacerdotes es haber denunciado las pésimas condiciones en que viven los cortadores.  Sin embargo, el mayor empleador de braceros haitianos en el país lo es el Central Romana y no he escuchado que hayan surgido denuncias sobre mal trato a sus empleados, no porque sacerdotes no puedan visitar sus bateyes, sino porque aparentemente las condiciones de trabajo allí son diferentes. 

 
Consecuentemente, el problema se circunscribe en el área cañera a ciertos colonos, administradores de ingenios estatales y dueños de ingenios privados.


¿Cómo se siente un militar y un empleado de la Dirección General de Migración que un día está deportando haitianos en la Línea Noroeste y al mes siguiente le ordenan traerlos por Pedernales?  La total incongruencia de nuestra política migratoria es obvia.


En el sur de los Estados Unidos, los negros cortaban la caña hasta que se incorporaron, como soldados, a la Segunda Guerra Mundial.  El resultado fue el inicio del proceso de mecanización del corte.

 
En Cuba desde 1933 tan solo cubanos cortan la caña, sin importar su raza, pues los jamaiquinos y haitianos fueron deportados.  Si prohibimos la importación de haitianos con sanción oficial, las opciones serán emplear haitianos que ya están en el país, o mecanizar.

 
 
Ambas alternativas suben los costos, pero para eso existe el privilegio acordado a nuestros azucareros de permitirles precios internos para el azúcar extraordinariamente altos.  Si los dominicanos pagamos caro por el azúcar, lo menos que podemos exigir es que esa industria no siga trayendo haitianos.


Bernardo Vega es economista

Fcd_1979@yahoo.com