Esta historia ocurrió en una familia muy unida por el cariño y el dolor. El cariño vino de una madre abnegada y cariñosa que crió sus hijos con gran sacrificio, pero con mucha ternura. Su esposo se marchó de la casa cuando estaba embarazada de su séptimo hijo.
El dolor de la familia fue verla morir cuando Juancito apenas empezaba a balbucear sus primeras palabras. Pasaron varias semanas hasta que dejó de preguntar por ella y la hermana mayor tuvo que repetir las tiernas historias que había aprendido y cantarle algunas canciones de cuna, así ocupó poco a poco el lugar de la madre
Los hermanos mandaron a preparar una gran fotografía de la madre y la colocaron en una de las habitaciones.
Aquél rincón se volvió pronto un lugar de oración y gratitud. Cuando uno de los muchachos ganó su primera medalla deportiva la colocó con lágrima en los ojos junto al retrato de Mamá. Lo mismo pasó con algunos reconocimientos, cintas y adornos.
Un día, cuando Juancito, que ya tenía cuatro años, entró en la habitación preguntó: “¿Qué es esa cosa que hay ahí con esa lucecita? ¡Eso si es feo!”
Una de las hermanas mayores que lo oyó le dio una pela y le dejo de castigo toda la tarde.
Cuando llegaron los demás hermanos les contó la reacción de Juancito. ”¿Cómo podría decir semejante atrocidad?”. Empezaron a recordar que los desvelos por él llevaron a la mamá a descuidar su salud y morir después de una corta enfermedad.
Esa noche el mayor de los hermanos apenas durmió. Se levantó temprano y fue a rezar, como otras veces que estaba triste, frente al cuadro de la madre. Fue cuando empezó a notar que ya no se distinguía el rostro apacible de su madre. Cubierta por tal cantidad de detalles puestos a lo largo de los años.
Habló con los demás: “Juancito tiene razón: lo que tenemos ahí luce horrible. No se distingue el rostro de Mamá, lo que uno ve es un paquete de recuerditos llenos de polvo. Juancito no se acuerda de Mamá porque era un bebé cuando ella murió y ahora no puede ver su cara”.
Por mutuo acuerdo y después de mucho hablar, cada uno se fue acercando a retirar lo que había puesto sobre el cristal que cubría la foto y esta apareció otra vez con una gran sonrisa y llena de ternura.
Trajeron a Juancito. “¡Qué linda! ¿Quién es?” Preguntó.
“Esa es Mamá”, respondieron los hermanos con orgullo y emoción.
Nuestra Iglesia es nuestra Madre. Es hermosa por la presencia del Espíritu Santo que hay en ella, pero la hemos cubierto con tantos adornos que algunos de nuestros hermanos menores no pueden ver su rostro y lo único que perciben es un cúmulo de cosas que le impiden ver su belleza. ¿Cuándo le vamos a devolver su rostro original? ¡Aquél rostro que enamoró a tantos al principio!